Ilustración de una mano podando una vid con tijeras de podar

PUNTO DE VISTA

En la era de la IA,
tu experiencia seguirá marcando la diferencia.

Lo que hace distinta a tu empresa vive hoy en la cabeza de unas pocas personas. Ese es tu mayor activo. Y también tu mayor riesgo.

Trata de describir un proceso importante que hagas tú o tu equipo. Empiezas seguro. A los diez minutos aparece un “esto depende”, un “esto lo miro yo”, un “aquí normalmente llamo”. A la media hora tienes dos folios de reglas que no están escritas en ningún sitio: ni en un manual, ni en un programa, ni en una carpeta compartida.

Lo que te hace distinto
no está en el catálogo.

Cada empresa hace las cosas a su manera. Esa manera es la razón por la que la eligen sus clientes y siguen con ella: el criterio para decir no a tiempo, el orden concreto de hacer las preguntas, la forma de tratar los casos raros, el nivel de detalle. No aparece en la web ni en la propuesta. Se ha ido afinando durante años, decisión a decisión y error a error.

Esa es la ventaja competitiva, y es difícil de copiar porque no se puede comprar: hay que vivirla. Por la misma razón es frágil. Vive en pocas personas, se transmite mal, se pierde cuando alguien se jubila o se marcha, y casi nunca llega completa a quien acaba de entrar.

Con la IA, la experiencia
vale más que nunca, no menos.

La lectura fácil: si una máquina redacta, calcula, resume y propone, lo que sabe hacer tu gente pierde valor. Es exactamente lo contrario, hasta ahora la experiencia tenía un defecto de fábrica: era difícil de separar de la persona. Con la inteligencia artificial, la experiencia se puede codificar y podemos hacer que multiplique.

Codificar la experiencia no es escribir un manual que nadie lee. Es poner por escrito cómo se ejecuta un proceso de calidad, con sus excepciones, sus criterios y los momentos en los que una persona debe intervenir, y dejarlo funcionando de manera que cualquiera del equipo pueda ejecutarlo igual de bien que quien lo inventó.

Multiplicar es lo que viene después. Cada vez que alguien corrige el proceso, esa corrección se queda. La empresa no vuelve al punto de partida el lunes siguiente. Un proceso bien montado mejora con cada decisión y con cada fallo, igual que mejora quien lleva quince años haciéndolo, pero a la vista de todo el equipo y sin depender de que siga en la casa.

Eso es lo que convierte la experiencia en patrimonio. Deja de ser algo que la empresa tiene mientras esté la persona y pasa a ser un activo de la empresa.

Ser muy bueno no salvó
a nadie de internet.

Imagina una empresa excelente de finales de los noventa. Oficio, criterio, clientes fieles, treinta años de saber hacer. Y una decisión: no entrar en internet, no digitalizar, “seguir haciéndolo todo igual de bien que siempre”.

Sabemos cómo acaba la historia. Su forma de trabajar dejó de ser competitiva. La calidad no la salvó. El oficio tampoco. Y no perdió contra empresas mejores que ella: perdió contra empresas que decidieron avanzar.

Con la inteligencia artificial va a pasar lo mismo, y conviene decirlo sin dramatismo: los mejores seguirán siendo los que ganen. La experiencia seguirá siendo la que decide. Pero cambiará la condición: la experiencia solo ganará cuando esté escrita, puesta en valor y mejore día a día. La que se quede en unas pocas cabezas seguirá siendo admirable, pero dejará de ser competitiva.

Empezar, no correr.

Según un estudio publicado por el Banco de España en mayo de 2025, el 60 % de las empresas encuestadas que ya utilizaban inteligencia artificial lo hacían de manera experimental o como programa piloto; solo un 6 % declaraba un uso intenso.

Fuente: Banco de España, Boletín Económico 2025/T2, artículo 06.

Operar con inteligencia artificial no es una emergencia y no hay que vivirlo como una carrera. El primer proceso que construyes no es inmediato, al principio no captura todos los matices, el retorno no es evidente. Sin embargo, lo que ocurre a partir del tercer o cuarto proceso es de otro nivel, porque cada proceso nuevo aprovecha lo aprendido en los anteriores. No quieres estar en el mes uno cuando tu competencia lleve doce.

Lo importante no es acelerar. Es empezar, y empezar por algo que importe: un proceso relevante, con el equipo que lo vive todos los días, bien codificado, observando el resultado, influyendo en su calidad. Y a partir de ahí, otro.

La inteligencia artificial no va a sustituir tu experiencia. Va a decidir si tu experiencia sigue aportando valor en un mundo con IA. Eso, y no la tecnología, es lo que hay encima de la mesa.